Revista infantil La leche - Herminio Almendros

Herminio Almendros era maestro. En aquella época (hace ya un siglo), más de la mitad de la población española era analfabeta. En las escuelas solo se buscaba que el alumno pudiera repetir obediente la lección, y no se consideraba importante que las mujeres estudiaran.

Sin embargo, Almendros tenía la intención clara y decidida de acabar con la pasividad y el aburrimiento que las prácticas escolares provocaban en el alumnado. A él le importaba poco si un niño era capaz de memorizar bien. Quería fomentar la curiosidad y el diálogo en sus aulas. Los maestros abandonarían sus libros de textos y los niños crearían los suyos propios con una imprenta de pequeños tipos de plomo. Aprenderían a través de su propia investigación y experiencia.

Trabajó en varias escuelas y llegó a ser nombrado Inspector Jefe de Educación en Barcelona. No solo se contentó con enseñar cómo enseñar al resto de maestros, sino que, además, formó un grupo de maestros que explicaban a los padres las experiencias escolares con sus hijos. Enseñaba a los niños educando a los adultos.

Como tantos republicanos, cuando estalló la Guerra Civil se vio obligado a huir a Francia. Viéndose arrancado de su hogar y de su misión de cambiar la escuela, Almendros comienza a escribir un diario. En él recoge su viaje cruzando los Pirineos en busca de refugio, sus años de clandestinidad, el inicio de la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, la necesidad de embarcarse a Cuba, desde donde ya no podría volver a España.

En aquél momento, Almendros no sabía que aquel diario se convertiría en un testimonio del desgarro, la pérdida y la incertidumbre que muchos españoles vivieron para proteger sus vidas.

Queremos compartir con vosotros un texto escrito por Herminio Almendros para sus alumnos:  El Futuro os pertenece. Lo reproducimos por gentileza de la editorial PRE-TEXTOS, que lo publicó en 2005, en edición al cuidado de Carne Doménech y Amparo Blat, incluido en el volumen Diario de un maestro exiliado, del mismo autor.

En el pasado número 4 de Revista ¡La leche!, incluimos un artículo sobre la figura de Herminio Almendros y su gran labor dentro de la enseñanza, con las ilustraciones de Jimena Zuazo y escrito por Ana-Luisa Ramírez, quien, además, ha intermediado con la editorial PRE-TEXTOS en posibilitar la publicación de este texto. Desde aquí agradecemos a ambos poder compartir con vosotros un pliego de cordel con la obra de Almendros para continuar con su labor.

Espero que lo disfrutéis.

 

 

 
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El futuro os pertenece

Herminio Almendros

La tarde era calurosa y soleada.

El apacible pueblo de aquella comarca catalana hacía la siesta entre los peñascos escarpados del Montsec, orgullosos y desnudos.

Abajo de la ciudad industrial, con grandes presas de las centrales eléctricas, jadeantes y espantados, venían de prisa los campesinos.

Las ciudades, por todas partes, se despertaban sobresaltadas. Algo extraordinario y terrible pasaba en ese mundo de allá abajo.

Llegaban noticias confusas. En las calles, los hombres levantaban barricadas y se preparaban para una lucha sin piedad.

Ya habían oído el crepitar seco de las ametralladoras y de los fusiles, y los pueblos se erizaban de gritos y fatigas.

-Dicen que el ejército se ha sublevado, que los cañones han salido de los cuarteles y que los militares se adueñarán de la plaza. Pero no, el pueblo se dispone a resistir…

Desde los pueblos de la llanura llegaban ruidos de descarga y ecos de lucha.

La aldea estaba excitada de terror.

Los niños sorprendidos, con los ojos agrandados por el espanto, se fueron a buscar a su maestro.

-Maestro, ¿qué pasará?

-No pasará nada. ¡Vivid tranquilos! Cataluña es fuerte. Su profundo amor por la libertad vencerá todas las resistencias…

Y con las manos y la mirada acariciaba a los pequeños campesinos tristes y desamparados.

– – – – – – – – – – – –

En algunos días, en Cataluña la sublevación militar fracasó y hasta el más pequeño de los pueblos llegaron, alegres y optimistas, los esfuerzos renovadores de los hombres y su preocupación por construir:

-Vamos a hacer caminos enseguida… Haremos enseguida una preciosa escuela…

El profesor miraba con una alegría serena las idas y venidas de los campesinos entusiasmados por nuevos proyectos y por la fe en su obra.

La humilde escuelita se llenó de esperanza.

Poco a poco, se fue transformando, limpia, alegre, renovada, como preparada para una fiesta.

Los niños preguntaron:

-Maestro, ¿qué pasará?

Y el maestro mirando a los niños con ojos cariñosos, respondió:

-No pasará nada. Nosotros trabajamos y podremos trabajar mucho mejor aún. El futuro es nuestro. El ejército del pueblo marcha al combate, iluminado de esperanza invencible. Ella nos asegurará la paz.

Y los pequeños repetían a coro:

-¡La paz! ¡La paz! ¡La paz! ¡Qué bello es vivir!

En el pueblo, entre los peñascos, el trabajo marchaba, se desarrollaba en medio de la alegría y de las canciones.

En las ciudades, el ritmo de los martillos se iba acelerando y el humo de las chimeneas de las fábricas subía a lo alto del cielo. Las rejas de los arados labraban más profundamente los campos. En la escuela se cantaban himnos al pueblo creador de la Libertad.

Transcurrían los meses. Meses de confiada calma.

-No pasará nada. Continuaremos riéndonos, trabajando en paz.

Las palabras del maestro encontraron amplia resonancia, como si los grandes peñascos de la montaña las repitieran hasta el infinito.

Pasan otros meses, meses de proyectos y de construcción en la paz confiada del pueblo.

-No pasará nada. Allá abajo, en los frentes, se lucha.

Vosotros seréis, niños, una garantía de paz y de trabajo. ¡Para vosotros, el futuro!

Y el hombre ingenuo continuó su sueño hecho del heroísmo de animosos trabajadores.

-No pasará nada. ¡Sois el futuro!

Los niños, tranquilizados, sonreían, llenos de alegría.

– – – – – – – – – – – –

Un día, sin embargo, el eco trajo los cañonazos hasta el pueblo. Llegaban campesinos sofocados de las aldeas lejanas. Algo terrible se aproximaba cargado de fuego y de hierro.

-Huir, huir, huir…

El profesor miró el horizonte. Su mirada estaba llena de serenidad:

-No pasará nada. ¡El futuro es vuestro!

Y una mañana llegaron, muy cerca, pesados, entre nubes de polvo, tanques y martilleo de cañones.

El pueblo se rindió aterrorizado. Al alba fría, por las callejuelas tortuosas, circularon hombres con los ojos cargados de odio, soldados armados con fusiles, llevando cruces y escapularios.

Estos hombres buscaban alguna cosa con exactitud y sus crueles ojos registraron las aldeas.

Encontraron el objeto de su búsqueda en su lugar: el profesor en su escuela.

y el maestro fue por las callejuelas estrechas, rodeado de fusiles, pálido, pero con paso firme.

Los hombres terribles le dijeron:

-¿Eres tú el maestro que no quería que se rezara en la escuela? ¿Eres tú quien reunía a chicos y chicas como si fueran hermanos y hermanas? ¿Eres tú el que retiró el Cristo del aula y los libros de oraciones? ¿Eres tú quien hacía cantar a la libertad?

-Sí, yo soy ese maestro.

-Entonces, ahora, ni Dios ni el diablo te podrán salvar.

Lo condujeron por las callejuelas y por los caminos de los campos.

Allá, sobre la era blanca, en la era alegre donde se trilla el trigo, el profesor se quedó quieto, bajo el resplandor frío de la mañana.

Un pelotón de soldados, con escapularios en el pecho, le disparó. Un oficial se aproximó con una cruz, la elevó … ¡Una descarga! Y se hizo una masa informe del hombre asesinado que impregnó con su sangre el mantel blanco de la era lugareña.

La aldea, angustiada, miraba por todos los intersticios de sus postigos bajados.

Los hombres siniestros, cargados de oraciones, se alejaron rodeados de tanques y de martilleo de cañones.

Los niños bajaron por los caminos. La era blanca, bordeada de arbustos secos. Se aproximaron al hombre muerto, se aproximaron más cerca aún, tocándolo con sus dedos temblorosos.

Él ya no respondió a los ojos infantiles que le interrogaban ansiosamente.

Una trágica lección de silencio inclinó las frentes, la última, la mejor lección del maestro.

En los oídos de los niños resonó el eco lejano: -No pasará nada. ¡El futuro es vuestro!

 
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